domingo, 20 de noviembre de 2016

"Entonces, ¿cenamos?" - Relato corto

¿Conocéis "al gran amor"?

Todos hablan de él, incluso los que no creen en su existencia alguna vez se han parado a pensar en lo que significaría encontrarlo, el gran giro argumental que darían sus vidas si tan solo lo viesen pasar a lo lejos. Se dice que cada persona tiene un único gran amor a lo largo de su existencia, pues es algo tan preciado que solo lo conservarán aquellos que sepan cuidarlo y, sin embargo, se convertirá en un bonito recuerdo para quienes no lograron mantenerlo cerca.

Yo, Katie Henderson, Kat para abreviar, pertenezco al segundo grupo, y es que yo no conseguí que mi gran amor se quedase a mi lado. Quizás, al tratarse de un amor adolescente, desde un principio estuvimos destinados a no poder acabar juntos y ahora, a mis veintiséis años, empiezo a pensar que esa teoría es bastante cierta. Bueno, contaré la historia un poco por encima.

Último año de instituto, yo era la solitaria con carácter y él el deportista popular que iba de flor en flor.

Él no sabía de mi existencia y yo hacía todo lo posible por seguir así, hasta que nos pusieron juntos para un trabajo en parejas en clase de química y no pude hacer nada por evitarlo.

Como era de esperar, supo de mi existencia entonces.

Se propuso conquistarme, yo no quería.

Me seguía.

Yo corría.


Discutimos.

Clase de química más otra discusión más mezcla errónea de productos químicos igual a un laboratorio lleno de humo y una visita al despacho del director.

Después de eso tuvimos que hacer trescientas horas de trabajos comunitarios por provocar que evacuasen el instituto por la cantidad de humo que salía del laboratorio y acordamos no discutir más durante ese tiempo, a fin de no causar más catástrofes de ese estilo. Yo voté por ignorarle y el votó por intentar que fuésemos amigos.

Me enamoré.

Se lo oculté.

Me puse celosa por una estupidez.

Él no entendía mi enfado y por mucho que intentó que hablásemos de ello, yo seguía huyendo.

Se acabó el curso.

En la fiesta de graduación acabamos en su cama y a la mañana siguiente yo, que soy tan genial, me fui dejando una nota de despedida allí donde se suponía que yo debía estar.

Y fin, la historia más cliché del mundo terminó.

No estaba orgullosa de lo que hice, al contrario, cada día me levantaba arrepintiéndome de aquello y un sentimiento cercano al dolor me invadía el pecho. Había sido una completa cobarde con todas las letras y muchas veces me preguntaba cómo habría cambiado mi vida si simplemente hubiera esperado a que Vincent Collins abriera los ojos aquella mañana del doce de junio. ¿Me habría sonreído y hubiéramos ido a su cocina a preparar un rico desayuno? ¿Me habría besado? ¿Hubiera roto mi corazón echándome de su casa porque ya había conseguido lo que quería de mí?

Todas esas preguntas me las hice dicha mañana y, probablemente, la que me impulsó a escapar de allí fue la última.

Desde entonces no había tenido ninguna relación seria, sí algún que otro rollo de una noche después de una salida nocturna con mis amigas, pero ninguno de esos hombres se comparaba con Vincent, con sus besos, con sus manos rozando cada milímetro de mi piel. Hace ya ocho años de esa maravillosa noche de fin de curso y todavía lo recordaba todo con claridad.

Pero bueno, ese no era el momento indicado para recordar el pasado.

Cámara, pase especial, vestimenta adecuada, tacones cómodos, peinado sencillo, ayudante… ¿y mi ayudante?

-         ¡Samy! – grité.

Escuché un golpe desde el interior de mi furgoneta, seguido de una expresión de dolor y me asomé a la parte trasera. Allí, mi querido y patoso ayudante luchaba contra sus calcetines negros en un intento de ponérselos sin dañar el elegante traje y parecía que el calcetín iba ganando.

-         ¿Todavía no te has puesto los zapatos? – pregunté, ocultando mis ganas de reírme del espectáculo –. Tenemos clientes a los que satisfacer y los invitados ya están entrando.

-         Voy – dijo alargando la “o”

Como pudo, terminó de calzarse y finalmente ambos pudimos acudir a la entrada. Nos mezclamos entre la gente, en su mayoría miembros destacados de la sociedad, y yo comencé a preparar mi cámara. Los organizadores de la gala benéfica me habían contratado para sacar las fotos del evento, pues habían quedado muy satisfechos con las que hice para el cumpleaños de su hija, y siempre se ha sabido que si un cliente te llama dos veces para un trabajo, lo más probable es que te llame una tercera, una cuarta, una quinta vez y así consecutivamente.

Y, teniendo en cuenta la agraciada posición social que los Simmons ocupaban, me beneficiaba bastante mantenerme como la fotógrafa de la familia, no solo por la parte económica, sino también porque lograría alcanzar buena reputación y que muchos otros clientes acudiesen a mí. Desde que finalicé la carrera, hace ya cuatro años y medio, los trabajos con dicha familia eran lo más importante que había hecho, pues hasta entonces mis labores se habían reducido a fotos familiares para tarjetas navideñas, fotos de mascotas y las fotos de la boda de una pareja que esperaba un lindo bebé, el cual quiso nacer durante la celebración, así que la mitad de esas fotos las tuve que hacer en el hospital.

Dentro de la sala de parto.

Como es de imaginar, posteriormente hice el álbum de las primeras semanas del bebé, su bautizo y la celebración de su primer cumpleaños. Actualmente ando contando los días para que esa familia nuevamente me llame para el nacimiento de su segundo hijo, ahora una niña, el bautizo de la misma y sus próximos cumpleaños. Se puede decir que, desde que viví la experiencia de ver nacer al pequeño Christian, soy un miembro más dentro de la familia, con el beneficio de que me pagan por hacer sus fotos, aunque claramente siempre les hago un buen descuento.

En cuanto cruzamos las puertas de la mansión nos vimos rodeados de lujo, todo brillaba y daba una sensación de frescura, parecía que entrabas a un palacio, pero Samy y yo no estábamos allí para admirar aquello. Él sacó su propia cámara de una pequeña mochila y ambos nos separamos. Comencé a tomar fotos de las personas entrando, de un grupo de conocidos saludándose, de otros señores hablando de negocios y, ya en el gran salón donde tendría lugar la ceremonia, fotos de las verdaderas estrellas.

Los artefactos objetos de subasta.

Ciertamente, los señores Simmons habían decidido subastar numerosas y muy valiosas pertenencias, la más barata rondando los cincuenta mil dólares. No era de extrañar que las únicas personas que habían acudido fueran miembros ricos de la sociedad, pues sería extraño que alguien de clase media viniese para gastarse todo ese dinero, si es que lo tenía. Así que, sin pensármelo dos veces, tomé fotos de todas las piezas, entre las que había cuadros, figuras pequeñas, joyas, ropa cara y, como objeto estrella, un diamante naranja con forma de lágrima cuya puja inicial era superior al millón de dólares.

Yo me mareaba de solo pensarlo.

-         ¡Oh, disculpa! – una muchacha rubia enfundada en un ajustado vestido largo de lentejuelas turquesas y espalda escotada en forma de óvalo se acercó a mí.
-         ¿Sí?
-         ¿Podrías sacarnos una foto al lado del diamante? – me preguntó.
-         Por supuesto – le dediqué una sonrisa amable.

Observé cómo la chica, que aparentaba ser un par de años más joven que yo, se alejaba y volvía a los pocos segundos tirando del brazo a un chico que lucía bastante elegante con el típico traje negro, blusa blanca y corbata negra. Los dos se colocaron junto a la vitrina que custodiaba la cara joya y yo esperé pacientemente mientras ajustaba el zoom de la cámara.

-         Ya estamos – dijo ella.
-         Muy bien – coloqué la cámara frente a mi cara –. Sonrían.

La pareja obedeció mi orden y por primera vez me fijé en ellos, o más concretamente, en él. Además de la ropa, era corpulento pero no demasiado, dejaba ver que en algún momento de su vida había hecho deporte, si no es que lo hacía ahora, tenía el pelo castaño oscuro, casi negro, algo más corto por los lados y largo en la parte superior y apenas se lo había echado a un lado, sin preocuparse de peinarlo mucho. Cejas y labios gruesos, barba de dos días, mandíbula cuadrada y ojos marrones.

Era Vincent.

Abrí los ojos de par en par por la sorpresa y por un momento no supe ni cuál era mi nombre. Tras unos eternos segundos, parpadeé con fuerza y me concentré en sacar la foto para luego salir disparada a la otra punta de la sala como si tal cosa. El corazón me iba a mil pulsaciones por minuto, no podía creer lo que había visto, hasta revisé la foto para asegurarme y, efectivamente, era él, lo reconocería en cualquier parte.
La pregunta era: ¿me había reconocido Vincent a mí?

-         Kat – alguien me tocó el hombro.

-         ¿Qué? – me giré alarmada.

-         ¿Estás bien? – Samy me miraba con el ceño fruncido y me obligué a calmarme un poco.

-         Sí, sí, estoy bien – solté aire –. Creí que eras otra persona.

-         ¿Quién? ¿Vincent? – bromeó.

La sonrisa se le borró en cuanto vio mi expresión. Lo mío con Vincent sucedió durante el instituto y a Samy lo conocí en nuestro primer año de universidad, pero después de tanto tiempo ya conocía demasiado bien aquella historia.

-         Estarás de coña, ¿no? – preguntó.

-         Ojalá – respondí rodando los ojos.

No muy lejos vi una mesa llena de copas de champagne y me dirigí a ella para tomarme una.

-         ¿Piensas emborracharte? – Samy parecía estupefacto.

-         Claro que no. ¿Y perder la oportunidad de que los Simmons nos contraten siempre? – dejé la copa vacía en la mesa –. Solo necesitaba calmar los nervios. La clave es, no llamar su atención.

-         Pues lo tienes difícil si vas a estar sacando fotos a todo como una paparazzi – a mi ayudante ya se le había esfumado el shock inicial y ahora se notaba que se divertía con mi situación.

-         Ya pensaré en algo.

Y dicho eso, volvimos a separarnos para continuar con el trabajo. Casi todos los invitados habían llegado ya y los asientos estaban repletos. En la entrada se habían repartido piruletas de madera con números escritos, lo cual ayudaría a identificar a los postores y, finalmente, al comprador. El señor Simmons, cuyo nombre era Reed, subió a la tarima que estaba preparada para llevar cada objeto que sería subastado mientras que su mujer, Angelique, se quedó en segundo plano en una esquina del pequeño escenario.

-         Buenas noches a todos – habló –. Antes de comenzar, mi esposa y yo queríamos agradeceros vuestra presencia aquí esta noche, la verdad es que no esperábamos a tanta gente – se rió un poco –. Sin más dilación, comencemos con la subasta.


El señor Reed bajó de la tarima y lo sustituyó un hombre con un mazo, quien sería el juez durante la velada.

-         Estupendo, ¡comencemos!

Y dichas esas palabras empezó la subasta. Junto a Samy saqué muchísimas fotos de casi cada segundo de la noche pero, mientras que mi ayudante se centraba más en lo que sucedía sobre la tarima, yo me dediqué a hacer fotos de los asistentes, siempre evitando mantener mucho rato la vista allí donde Vincent estaba, lo cual no me costó tanto pues las fotos ocupaban toda mi atención.

Fue una noche larga pero tranquila, hubo un agradable amiente todo el tiempo y los objetos se subastaron por cifras que hasta me asustaba decir. Definitivamente, los Simmons no tendrían problemas económicos durante una buena temporada y podrían pagarme bien por mi trabajo, al menos. Tras despedirme de ellos y concertar una fecha para entregarles las fotos, tanto en formato digital como en papel, Samy y yo nos fuimos de allí. A los pocos segundos de subir a la furgoneta se quedó sopa y sonreí. Había trabajado muy duro esa noche, así que le compré comida china (su favorita), lo dejé en su casa le di el resto del fin de semana libre.

Como apenas se enteró debido a lo adormilado que estaba, le escribí una nota y la dejé junto a la comida en su cocina.

Una vez salí de allí, fui a mi estudio.

Sí, quizás diréis “¿por qué no te vas a descansar a tu casa? ¡Loca!” o cosas por el estilo, pero la verdad es que no tenía sueño. A pesar de que durante la noche lo había llevado bastante bien, ahora que no estaba ocupada la imagen de Vincent con aquella chica se repetía en mi cerebro como un GIF eterno y eso propiciaba la ausencia de sueño, por lo que lo mejor era ir al estudio y trabajar.

No iba a desperdiciar el tiempo.

En cuanto llegué, me puse una ropa mucho más cómoda y comencé a trabajar, hasta que el cansancio pudo conmigo y me quedé dormida.

A la mañana siguiente, me despertó el sol que entraba por las diversas ventanas del local, más o menos sobre las siete y media, y me desperecé poco a poco. Había dormido con la cabeza apoyada sobre el escritorio y mi culo sentado en una silla negra de ruedas, típica de oficina, por lo que mi cuerpo se quejó. No era lo más cómodo para pasar la noche, pero había cosas peores, ¿no?

Me miré en un espejo cercano que usaba en algunas sesiones y arreglé mi pelo, significando “arreglar” quitarme el moño para dejarlo suelto y peinar un poco con los dedos. Como no tenía citas ese día por ser sábado, ni siquiera me molesté en ordenar un poco la ropa que me había quitado por la noche y simplemente pasé olímpicamente de todo y me preparé un café en la máquina que tenía allí. Me quedé embobada bastante rato, aspirando el aroma procedente de la taza caliente que tenía entre las manos y hasta cerré los ojos para disfrutarlo.

Adoraba el café.

Después de ese momento tan íntimo, y aunque todavía no era la hora, me acerqué a la puerta del estudio y la abrí, cambiando el cartel de “CERRADO” por el de “ABIERTO”. Normalmente no solía hacerlo hasta las nueve, pero me había levantado de buen humor así que, ¿por qué no? Regresé a mi mesa de trabajo para terminar lo poco que me quedaba de las fotos de la noche anterior y empecé a preparar la máquina para revelarlas. Estaba tan concentrada en el trabajo que ni siquiera me percaté de que alguien había entrado hasta que vi una figura alta de pie frente a mi escritorio.

-         Dios – me llevé una mano al pecho, sobresaltada e inmediatamente me reí de mi propia reacción.

-         Lo siento, no pretendía asustarte – habló y me percaté de que era un hombre.

-         No pasa nada – me puse de pie y le miré a la cara por primera vez.

Me arrepentí al instante. Vincent me miraba con los ojos entrecerrados y yo traté de ocultar mi sorpresa. Había sustituido el elegante traje por unos vaqueros azul marino, una blusa blanca de manga larga y botones que había metido por dentro del pantalón y unos zapatos de vestir marrones.

-         ¿Qué necesitas? – la sonrisa de mi rostro había desaparecido -. ¿Algún pedido especial? ¿O quizás quieres una de las fotos de anoche? La que te hiciste con aquella chica ha quedado muy bien.

Mientras hablaba me puse a revolver papeles, en busca de mi bloc de notas.

-         Kat – murmuró y me quedé petrificada.

Le miré a los ojos de manera inevitable.

-         Veo que has cumplido tu sueño – comenzó a rodear mi mesa de trabajo a paso lento, a la vez que contemplaba el estudio –. Siempre quisiste ser fotógrafa.

-         Lo suyo me ha costado – dije.

-         ¿Cenamos esta noche? – se quedó de pie a medio metro de mí y yo abrí los ojos como platos.

-         ¿Quieres que cenemos juntos? – no entendía nada –. ¿Por qué?

Soltó una pequeña risilla, gesto suficiente para que yo me quedase mirándole embobada.

-         Porque yo soy un chico atractivo, tú una chica muy atractiva, yo estoy enamorado de ti y espero que tú también de mí y, ¿por qué no?

“Yo estoy enamorado de ti”.

¡¿Él acababa de decir eso?!

-         Pensé que estarías enfadado – la incredulidad se palpaba en mi rostro –. Te abandoné, aquella dichosa mañana me fui y no supimos más del otro. Imaginé que me odiarías por eso.

-         Ni en un millón de años podría odiarte – se acercó más a mí –. Esa noche en la fiesta, me lancé a sabiendas de que tu miedo a que te rompiese el corazón podría arrancarte de mi lado, me lo esperaba. Por eso he esperado hasta ahora. Llevo ocho años esperando.

Las lágrimas amenazaban con salir. ¿De verdad había estado todo este tiempo esperando para reencontrarse conmigo? ¿De verdad me amaba? Porque yo a é sí, como el primer día.

-         Dios – me di la vuelta y me alejé un poco para que no me viera llorar.

Había sido una estúpida, abandoné al chico que amaba por el estúpido miedo sin saber que él también me amaba a mí. Merecía un premio a la chica más idiota del planeta. Mientras me secaba las lágrimas, Vincent se colocó frente a mí, secó con sus pulgares aquellas que se deslizaban por mis mejillas y, sin venir a cuento, me besó.

Seguía besando tan bien como siempre y me derretí entre sus manos. De repente paró y se alejó lo suficiente para mirarme a los ojos.


-         Entonces – me dio un leve pico en la comisura de los labios –, ¿cenamos?

2 comentarios:

  1. Bueno bueno... muy emocionante. Hasta me pregunto ¿lo has escrito tú?
    Me ha gustado mucho, lo que discrepo es que tardó 8 años en reaparecer ¡¡vaya paciencia!! 😊😊
    Muchos besos😙

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  2. Claro que lo escribí yo, ¡¡¡qué poca fe en mí!!! T-T
    BESOOOOOOS

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